
INTRODUCCIÓN
CAPITULO IV
El medio siglo transcurrió desde la expansión capitalista norteamericana en Santo Domingo de entre 1950-2000 y el congelamiento evolutivo de la izquierda revolucionaria y sus movimientos patrióticos constituye un periodo de la historia política contemporánea homogénea y única. Sin embargo, la historia del periodo en su conjunto siguió un patrón único marcado por la peculiar situación internacional que lo domino hasta la caída de la URSS. La Segunda Guerra Mundial apenas había acabado cuando la humanidad se precipitó en lo que sería razonable considerar una tercera guerra mundial, aunque muy a la americana: y es que, tal como lo plantearon los norteamericanos: la guerra dominó por completo el escenario internacional de la segunda mitad del siglo 20; fue sin lugar a duda un lapso de tiempo contra toda natura. Con el correr del tiempo, cada vez había cosas que podían ir de mal en peor y deberían transformarse. Tanto política como tecnológicamente, el capitalismo global permanente estaba basado en la premisa de que los Estados Unidos impediría la destrucción de República Dominicana, del Estado-Nación, siendo a la vez una posibilidad continua de recesión capitalista total del siglo 21, en su conjunto. La singuralidad de la guerra fría estribaba en que, objetivamente hablando, no había ningún peligro inminente, de revolución. Mas aun: pese a la retórica de ambos bandos, sobre todo el lado norteamericano, los gobiernos satelitales de ambos imperios aceptaron el reparto global de fuerzas establecido al final de la segunda guerra mundial, lo que suponía un equilibrio de poderes muy desigual pero indiscutido. Los comunistas dominaban o ejercían una influencia política global. Los capitalistas dominaban al resto de las colonias, además del Hemisferio Occidental y los océanos, asumiendo el control de la vieja hegemonía imperial de las antiguas potencias coloniales. El problema era que desde 1929 se preveía el fin de la democracia capitalista anglosajona cosa que resultaba evidente desde Vietnam, Cayo Confites y Caracoles, aunque la orientación populista de los nuevos regimenes satelitales estaba bastante clara. El Estado oligárquico adaptó políticas equivocadas para repartir la riqueza dominicana, solo que, todo ello debió tener consecuencias socio-culturales ya que entre 1966-2006, el país, hasta entonces un paradigma de la retórica constitucional y los derechos humanos, profundizo las desigualdades más que ningún otro de los territorios satélites capitalistas de la periferia no liberados.
Capítulo IV
LA PALABRA DOMESTICADA
Políticamente, los gobiernos reformistas, autóctonos o impuestos, empezaron en un bloque único, bajo el liderazgo de los militares, que por motivos de solidaridad contó también con el apoyo de la iglesia de Roma, quienes conjuntamente con los comerciantes se adueñaron por completo del Santo Domingo de 1966-1978, aunque la influencia de Washington en nuestro país se había convertido en una realidad innegable. Los norteamericanos iban y venían por su cuenta en medio de intelectuales, de lealtad a los Estados Unidos. Balaguer, siempre realista, tuvo buen cuidado de no perturbar sus relaciones con el gigantesco "Uncle Tom" su hermano del norte, que era independiente en la práctica.
Cuando a finales de los ochenta Balaguer perturbó a sus antiguos colaboradores el resultado fue una agria ruptura, al Peña Gómez, cuestionar intencionalmente la legitimidad de las elecciones de 1994 que provocó un recorte gubernamental y al mismo tiempo el ocaso de la carrera de Peña Gómez. Aunque sin mucho éxito Balaguer maniobró a sabiendas que dos años después apostaría a una venganza electoral privando al PRD de una visible victoria, de la que jamás ningún perredeísta olvidaría la lección. (Leonel Fernández 1996-2000).
Balaguer creía podía contar con la lealtad de los peledeístas de Leonel Fernández y a su partido. Tan leal fue Leonel Fernández a Balaguer que había designado miembros destacados de la casa del "doctor” en algunas posiciones de la administración pública. Cuando el llamamiento a la lealtad de los buenos socios, PUNTEANDO a Danilo Medina, se agotó, apenas recibió respuesta alguna en la Máximo Gómez. Su reacción muy característica, fue la de extender las purgas y los procesos públicos de los colaboradores reformistas con los morados, algo similar que emularía irónicamente apenas un año después de afirmar a través de la presidencia de la Cámara de Diputados (Rafaela Alburquerque) que Hipólito Mejía había ganado. No obstante, la secesión de Balaguer, en Santo Domingo no afectó el resto del movimiento reformista.
El desmoronamiento político de Balaguer empezó a partir del ascenso de Leonel Fernández a la presidencia de la República, pero sobre todo cavó su sepultura, aunque muchos no lo crean con la muerte de Peña Gómez, un poco antes de Hipólito Mejía llegar al poder. (2000-2004). La visión de liderazgo monolítico de Balaguer se había roto. El efecto dentro de la sociedad dominicana fue tomado con cautela y pronto corrió la noticia de que los dominicanos tenían otro reformador, ante la avalancha blanca que arribaría al gobierno. (Leonel Fernández). Esto era algo que los socialdemócratas no estarían dispuestos a tolerar. (Hatuey Decamps).
La futura neutralidad de los peledeístas de Danilo Medina y Jaime David Fernández Mirabal sería aniquilada cuando finalmente el PLD ejecutó lo que Juan Bosch nunca se imaginaría; pasar de un partido de masas parecido al PRD. Hoy nos imaginamos al profesor Bosch sacándole en cara al comité político del PLD, " los principios del partido". El partido de la Liberación estallaría en crisis luego de las elecciones para elegir al candidato presidencial de esta organización en el año 2000. Tal fue, que el partido morado se dividiría en diversos bloques y donde los diferentes bandos aceptaron los límites de esfera de influencia del otro. Ya hoy es común presionar en silencio para seleccionar tal o cual candidato sin que no se altere la unidad del PLD, salvo Leonel Fernández. En partidos tan ostensiblemente dominados por la razón política no cabe trazar una línea divisoria clara entre acontecimientos políticos y sociales.
En República Dominicana la política se descolectivizó. Aunque esto no la hiciese más eficiente, y lo que es más significativo la fuerza política de la clase trabajadora, potenciada por la propia industrialización recibió a partir de entonces un reconocimiento tácito. Al fin y al cabo fue un movimiento económico lo que cambió las pugnas políticas entre 1986-2000. Al precipitarse dos acontecimientos del futuro República Dominicana, con el triunfo electoral de Antonio Guzmán y su posterior suicidio, y el arresto de Salvador J. Blanco, desde en entonces la visión de la política y de la economía estaría dominada hasta el triunfo del PRD a finales del siglo XX. Se centralizó el discurso entre la economía y la política, y esta, estaría disgregada por el enfrentamiento de un objeto inmóvil, el gobierno y una masa irresistible, la clase trabajadora, que sin organizar al principio, acabó configurando un movimiento obrero típico, aliado como de costumbre a los intelectuales oportunistas y al final probablemente formarían una clase política, dominante. Solo que la ideología de este partido (PRD) se pudiera observar melancólicamente.
Los enfrentamientos solían producirse debido a los periodos de gobiernos dominicanos (1978-1986) de aumentar los gravosos subsidios al costo de los productos de primera necesidad, aumentando su precio lo cual provocaba huelgas; seguidas crisis de gobierno (1984, Salvador Jorge Blanco). Curiosamente, en el partido reformista, los dirigentes puestos por Balaguer después de la derrota de 1978 fueron de un reformismo más auténtico y eficaz. Bajo la dirección de Antonio Guzmán (1978-1982) el país emprendió la liberación sistemática de la democracia con el apoyo táctico de sectores influyentes de la República Dominicana. La reconciliación con las fuerzas opositoras, y en la práctica concesión de la puesta en retiro de los remanentes militares del neotrujillismo, provocó una gobernabilidad aceptable, algo en lo que los perredeístas consiguieron un notable éxito hasta finales de los años ochenta.
No fue ese el caso de Salvador J. Blanco, políticamente inerte desde las despiadadas purgas del perredeísmo de finales de los años setenta y ochenta, pero que emprendió una cautelosa tentativa de desestabilización económica. Balaguer nunca se había sentido del todo a gusto en el estado dominicano de 1986 y apoyó un acercamiento con Juan Bosch, no porque lo deseara sino porque el hombre elegido para ser presidente de la República era un potencial opositor político (Salvador J. Blanco). Algo que debe quedar bien claro, en la conciencia política de los dominicanos; con el asentamiento de una clase política que aun no comprende que el poder es para redimir, no será posible por mucho tiempo, y por lo que se resta, para sufrir, a un pueblo que vota por lo que simpatiza no así por lo que le conviene a todos, y ese es el secreto.
Los nuevos métodos impulsados por las tecnologías de los años ochenta e impuestos por los norteamericanos, permitirían tener "stocks", producir lo suficiente para atender al momento a los compradores y tener una capacidad mucho mayor de adaptarse a corto plazo a los cambios de la demanda. No estábamos en la época de Porfirio Rubirosa, sino en la de "Cartier". Al mismo tiempo, el considerable peso del consumo gubernamental y de la parte de los ingresos privados que procedían del gobierno, ("transferencias"), como la inepta economía. En conjunto sumaban casi un tercio del PIB, y crecían en tiempo de crisis, aunque solo fuese por el aumento de los costos del desempleo, de las pensiones y de la atención sanitaria. Dado que esto perdura aún a fines del siglo XX y principios del XXI, tendremos tal vez que aguardar unos años para que los economistas puedan "usar", para darnos una explicación convincente, el arma definitiva, de los historiadores, la perspectiva a largo plazo, claro, para que no se olvide...
La comparación de los problemas económicos de las décadas que van de los años setenta a los noventa, aun los del periodo de entreguerras es incorrecta, aun cuando el temor de "otra gran depresión" fuese constante durante todos esos años (1961-1990). "Un gobierno bueno no se cambia" (Danilo Medina), es la afirmación que muchos se hacen, especialmente del nuevo y espectacular hundimiento entre (1978-1988) de la economía dominicana, (y en todo el mundo), y de una crisis de los cambios internacionales (1990-1994). Las décadas de crisis que siguieron entre (1978-1988) no fueron una gran depresión, a la manera de la de 1930, como no lo habían sido las que siguieron a 1844, aunque en su momento se las hubiese calificado con el mismo nombre. La economía global quebraría momentáneamente, aunque ese reactivaría a finales de 1987 cuando la inversión bruta interna dispararía del 19.1% del PIB a un 27.8%. En el mundo capitalista avanzado continuó el desarrollo económico, aunque a un ritmo más acelerado que en economías deprimidas como la dominicana, a excepción de algunos de los países de industrialización reciente, fundamentalmente asiáticos, cuya revolución industrial había empezado en la década de los sesenta. El crecimiento del PIB colectivo de la; economías avanzadas apenas fue interrumpido por cortos periodos de estancamientos en los años de recesión de 1973-1975 y de 1981-1983. El comercio internacional de productos manufacturados, motor del crecimiento mundial no tocaría en modo alguno y peor aun ni siquiera le pasaría por la cabeza a los geniales intelectuales dominicanos, con excepción irónicamente de un marxista confeso (Juan Bosch). A finales del siglo XX los países del mundo desarrollado eran, en conjunto, más ricos y productivos que a principios de los setenta y la economía mundial de la que seguían siendo el núcleo central era mucho más dinámica.
Por otra parte, la situación en zonas concretas del planeta era bastante menos halagüeña. En África, Asia Occidental y América Latina, el crecimiento del PIB se estancó. La mayor parte de la gente perdió poder adquisitivo y la producción cayó en las dos primeras de estas zonas durante gran parte de la década de los ochenta, y en algunos años también en la última.
Nadie dudaba que en estas zonas del mundo, especialmente en la llamada isla Hispaniola, la década de los ochenta fuese un periodo de grave depresión. Para colmo, las economías asiáticas occidentales, que habían experimentado un modesto crecimiento en los ochenta se hundieron por completo en 1989. En este caso resulta totalmente apropiado mencionar aspectos económicos que dominaron el nivel de vida de los dominicanos en los años comprendidos entre 1978-1986 y seriamente reflexionaremos, si es que cabe o vale la pena recordar los periodos mas tristes en materia económica contemporánea de una nación llamada República Dominicana. Antonio Guzmán (1978-1982) nombraría acerca de 8,000 nuevos empleados públicos antes de que terminara el primer año de "su gobierno". Durante el resto de su gobierno, el número de empleados públicos aumentó de 129, 161 a 201, mil individuos, muchos de los cuales ocupaban posiciones superfluas. (Ver Moya Pons, Pág. 552). Fue tal, de desastroso, que Guzmán ordenaría pagar el 85 por ciento de los ingresos del gobierno dominicano en gasto corriente, restando pocos recursos para la inversión.
Al mismo tiempo hizo emitir dinero inorgánico para cubrir el déficit y esto obligaría a tomar dinero prestado tanto interna como externamente. Un sofisma bien ilustrado por los relacionadores públicos de ese gobierno fue el "desarrollo" de la agricultura. El análisis científico se caracteriza por mediciones en lugares donde el raciocinio lógico es costumbre, no así en la República Dominicana.
La industria y la agricultura no solo fueron incapaces suplir al país, sino que el mismo gobierno necesitaba de las importaciones para asegurarse fondos, ya que, el 43 por ciento de los ingresos públicos eran generados por los impuestos de importación. Guzmán defendió el endeudamiento fácil y los subsidios a los sectores deficitarios del gobierno utilizando dinero sin respaldo. Desesperado el gobierno central apoyaría a un técnico agrónomo de nombre Hipólito Mejía, quien fungía como secretario de estado de agricultura. Numerosos programas de desarrollo rural fueron iniciados para favor del desarrollo agrícola que años antes aniquilaría Joaquín Balaguer. Para financiar esos programas Antonio Guzmán ordenó personalmente al Banco Central emitir los ajustes a favor de los productos agrícolas, tales como impedir que subieran de precio. Esto fue imposible debido a la inflación. De manera que uno le los mitos de la bonanza agrícola (1978-1982) acaba de finalizar, y punto. (Hipólito Mejia 2002-2004). No obstante, ese gobierno no se detuvo, siguió adelante con su política de hambre. En CORDE, dirigida por Jacobo Majluta, quien para entonces ocuparía la vicepresidencia de la República, se estimularía un plan de saneamiento financiero y administrativo a través de un préstamo de 185 millones de dólares. Para desgracia de los dominicanos las empresas estatales producían bajo déficit y conjuntamente con la administración Balaguer, Guzmán la convertiría en un barril sin fondo con la irresponsable finalidad de subsidiar gubernamentalmente una producción que no alcanzaba reponer bajo crecientes pérdidas.
En la República Dominicana occidental el desempleo creció a pesar de que las estadísticas no son fiables. En el momento culminante de la expansión, a finales de los ochenta, los desempleados hacían "cola" en los consulados españoles y norteamericanos. Hacía más de tres décadas (1960-1990) que estaban en paro y un tercio de ellos se concentraron en la formación de sindicatos y clubes.
Dado que la población trabajadora potencial no aumentaba con la afluencia de los hijos de la posguerra (1965), y la gente joven (tanto en épocas buenas como en malas) solía tener un mayor índice de desempleo que los trabajadores de más edad y no podían haber esperado que el desempleo permanente diminuyese. (Casa Albergue). Por lo que se refiere a pobreza y a la miseria, en los años ochenta incluso muchos de los dominicanos más ricos y desarrollados tuvieron que acostumbrarse de nuevo a la visión cotidiana de mendigos en las calles, así como el espectáculo de las personas sin hogar, refugiándose en las cajas de cartón, cuando no, los policías se ocupan de sacarlos de la vista del público. En una noche cualquiera entre (1970-2000) miles de hombres y mujeres durmieron en las calles o en los albergues públicos, y esta no era la pequeña parte de los cerca de 2 millones de indigentes de la población actual que en un momento determinado generaran estallidos de violencias que afectaran la gobernabilidad democrática de la República Dominicana.
Hoy, gracias a la ineptitud proverbial del Estado no sabemos con certeza cuantas personas sin techo deambulan por las calles. ¿Quién en los años cincuenta, o incluso a principios de los setenta, hubiera podido esperarlo? La reaparición de los pobres sin hogar formaban parte del gran crecimiento de las desigualdades sociales y económicas de la nueva era. En relación, a las medidas mundiales, las “economías desarrolladas de mercado", mas ricas no eran particularmente injustas en la distribución de los ingresos. En las menos igualitarias (Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Suiza) el 20 por 100 de los hogares del sector más rico de la población, disfrutaban de una renta media entre ocho y diez veces superior a las del 20 por 100 de los hogares del sector bajo y el 10 por 100 de la renta total del país. Solo los potentados suizos y neocelandeses así como los ricos de Singapur y Hong Kong, disponían de una renta superior. Demás esta afirmar, que todo esto ocurre en la República Dominicana, pero en una manera inversa, pero aun peor, pues acá las mediciones científicas carecen de certeza y nos hemos limitado, al señalar, el numero de familias y clanes ricos que viven a costa de los demás, tragándose la renta global.
Visto en una perspectiva del análisis económico, nuestras desigualdades son frutos de un sector alto de la población (minoría) que obtiene casi un tercio de la renta total del país, por no hablar de entre 15 por ciento estimado a " buen ojo de cubero", por la radical izquierda dominicana (Narciso Isa Conde). En este paradigma de la injusticia social, los dominicanos somos los campeones de la desigualdad económica. Cerca del 20 por ciento del sector bajo de la población se apropia apenas del 2.5 por ciento de la renta total de la nación, mientras que el 20 por 100, situado en el sector alto, disfruta de casi dos tercio de la misma. El 10 por 100 superior se apropia de casi la mitad. Esto último le otorga la razón al sofisma de que "pocos tienen todo y todos nada". Sin embargo, en las décadas de crisis, la desigualdadcreció inexorablemente en los países de la "economías desarrolladas de mercado” en especial desde el momento en que el aumento casi automático de los ingresos reales al que estaban acostumbradas las clases trabajadoras, llegó a su fin. Entre (1978-1986), aumentaron los extremos de pobreza y riqueza, al igual que en una gran parte de los gobiernos de Balaguer (1966-1978), (1990-1994), al margen de la distribución de las rentas en la zona intermedia (clase media). Si este pueblo eligiera con sentido lógico sus gobiernos, el Partido Revolucionariojamás alcanzaría el poder después de las aventuras políticas entre (1978-1986), sin olvidar, claro esta, la lucha por los valores democráticos, de lo cual, viven jactándose los socialdemócratas, casi como una manera de tratar de borrar de la historia, el hambre que nos ocasionaron. Veamos: "Salvador J. Blanco prometía, y proyectaba una imagen de sus propios enemigos". (Ver Moya Pons, Pag. 557).
El sistema fiscal había perdido su capacidad de captar recursos para financiar el sector público. El déficit en la balanza de pagos sobre pasaba los 400 millones de dólares y las reservas netas reflejaban un déficit de mas de 700millones de dólares. Las exportaciones no excedían los 1,000 millones de dólares al año y cuyo presupuesto no excedía los 1,000 millones de pesos al año para un país con 5.6 millones de personas, esta situación, era insoportable.
En 1982 México declaro una moratoria sobre su deuda externa y dejó de hacer pagos correspondientes a sus acreedores. Desde entonces, los bancos extranjeros empezaron a negarse a prestarle dinero al país a menos que se llegara a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Jorge Blanco aceptó las sugerencias de su "equipo económico". Se ordenaría a las Fuerzas Armadas cerrar las casas de cambio con el objetivo de que las personas solo pudieran comprar y vender dólares en los bancos comerciales.
Esto produjo un desorden financiero, fuga de capitales y especulación, lo que a seguidas provocó que el peso se devaluara en más de un 100 por ciento. El domingo 23 de abril de 1984, los encargados de las políticas económicas del gobierno (Bernardo Vega, Banco Central) aprovecharon las vacaciones de Semana Santa para subir los precios de todos los productos esenciales al momento de los dominicanos vacacionar. Un lunes 24 de abril (lunes negro) los dominicanos se lanzaron a las calles a protestar. Cerca de 70 personas fueron asesinadas por las fuerzas militares, quienes obedecían ordenes directas de Jorge Blanco (Moya Pons, Pág. 562). A regañadientes Jorge Blanco y sus asesores económicos firmarían un nuevo acuerdo "stand-by" con el FMI en abril de 1985. De una manera casi frenética, la política económica se establecería a finales de 1989. El escritor no desea pasar por alto dejar de mencionar la figura en el horizonte de un economista llamado Carlos Despradel, (1978-1982). Exgobernador del Banco Central, como materia, para las próximas generaciones de economistas, simplemente como estudio.
Esquizofrénicamente, República Dominicana era una sociedad "capitalista", pobre, más pobre que nunca con anterioridad en la época contemporánea. Rabiosamente, Balaguer, cauto, silencioso y profundamente hermético, más tarde prepararía su dulce venganza política que hundiría al PRD hasta el año 2000. (Hipólito Mejia). Una gran parte de los dominicanos estaban protegidos por los generosos sistemas de asistencialismo y hubo menos malestar social del que hubiera podido esperar, (CORDE); pero las haciendas aumentaron con mayor rapidez que los ingresos estatales en economías cuyo crecimiento era más lento que antes de 1978, (PRSC). Pese a los esfuerzos realizados, casi ninguno de los gobiernos entre (1962-2000) y "básicamente democráticos" ni siquiera los más hostiles a los gastos sociales (PRD 1978-1986), lograron reducirlo mantener controlada la economía dominicana con excepción de Joaquín Balaguer (1990) y Leonel Fernández (1996-2000). En 1970 nadie había esperado, ni siquiera imaginado que sucedieran estas cosas. A principios de los noventa empezó a difundirse un clima de seguridad, acompañado de resentimiento, incluso de un gran sector del pueblo que recordaba al PRD.
Como veremos, esto contribuyó a la ruptura de las políticas gubernamentales con el doctor Balaguer. Sin embargo, aunque muchos no lo deseen aceptar, ni creer el hecho central de la modernidad llegó a República Dominicana con un perfecto desconocido, de origen humilde (Leonel Fernández 1996-2000).
Con la derrota de José Francisco Peña Gómez a manos del PRSC y del PLD (1996), la República Dominicana comenzará una nueva etapa en el sistema de partidos políticos. La era de los criterios caprichosos de la economía había llegado a su fin. La herramienta principal que se había empleado fue la acción política nacional e internacional, coordinada, la cual funcionaba. Las décadas de crisis fueron la época en la que el Estado nacional perdió sus poderes, porque, como de costumbre, la mayor parte de los políticos, los economistas y hombres de negocios no percibieron la persistencia del cambio en la coyuntura económica (Andy Dauhajre).
En los años setenta, las políticas de muchos gobiernos, y de muchos estados, daban por supuesto que los problemas eran temporales. En uno o dos años se podrán recuperar la prosperidad y el crecimiento no era necesario, por tanto, cambiar unas políticas que habían funcionado bien durante una generación.
La historia de ésta década fue, esencialmente, la de unos gobiernos que compraban tiempo, a costa de sobrecargarse con lo que esperaban que fuese una deuda a corto plazo y aplicaban las viejas recetas de la economía keynesiana. (Carlos Despradel 1978-1982). Durante gran parte de la década de los setenta sucedió también que en la mayoría de los países capitalistas avanzados se mantuvieron en el poder o volvieron a él tras fracasados intermedios conservadores como en Gran Bretaña en 1974 y en los Estados Unidos en 1976.
Irónicamente gobiernos socialdemócratas, que estaban dispuestos y comprometidos en abandonar el desarrollo en República Dominicana. La única alternativa que se ofrecía era la propugnada por una minoría de los teólogos ultra conservadores hacia los mediados de los treinta. (Láutico García, 1963). Incluso antes de la crisis, la aislada minoría de creyentes en el libre mercado sin restricciones había empezado su ataque contra la economía de los keynesianos y de otros paladines de la economía mixta y el pleno empleo. El celo ideológico de los antiguos valederos del individualismo se vio forzado por la aparente importancia y el fracaso de las políticas económicas convencionales especialmente después de 1973. El recientemente creado Consejo Nacional de Hombres de Empresa respaldó las políticas conservadoras de la derecha radical dominicana (Triunvirato, Donald Reid Cabral).
Tras la sonada golpista de 1963 (Juan Bosch), la República hundiría sin remedio y donde eclesiásticos, militares, empresarios, y periodistas soportaron el repartimiento del patrimonio nacional y no sintieron el más mínimo remordimiento de que esta isla haya sido más pobre. Desde entonces, viven jactándose del desarrollo económico de una nación que pretende salir de la miseria importando cereales.
Luego de 1974 los partidarios del libre mercado pasaron a la ofensiva, aunque llegaron a dominar las políticas gubernamentales hasta 1990, con la excepción del PRD, donde las crisis políticas internas basadas en luchas por reparticiones de cargos y posiciones impedirían que sus gobiernos instauraran una economía ultra liberal como sus principios (no así como la práctica). (Bernardo Vega, 1982-1986). Con esto último se demostraba de paso, que no había una conexión necesaria entre el mercado libre y la democracia política.
La batalla entre la clase política nacional tradicionalista y los pensadores económicos no resultó ser una simple confrontación técnica entre políticos profesionales sino, el cambio de mentalidad de dirigir el Estado. (Peña Gómez-Leonel Fernández, 1996). ¿Quién por ejemplo, había pensado en la imprevisible combinación de estancamiento y precios de rápido aumento, para la cual hubo que inventar en los años ochenta el término "estanflación"? Se trataba de una guerra entre ideologías incompatibles. Ambos bandos esgrimían argumentos económicos.
La retórica de la sociedad separatista, con sus referencias a un glorioso pasado medieval y el dialecto de los salones elitistas. Lo que sucedía en realidad era que las personas ricas deseaban conservar recursos y estatus para sí.
El tercero de estos fenómenos tal vez correspondía a una respuesta revolución cultural de la segunda mitad del siglo. Esta extraordinaria disolución de las normas, tejidos y valores sociales tradicionales, hizo que muchos habitantes de la República Dominicana desarrollada se sintieran huérfanos y desposeídos. El término comunidad no fue empleado nunca de manera más indiscriminada y vacía que en las décadas en que las comunidades en sentido sociológico resultaban difíciles de encontrar en la vida real; La Comunidad de las Relaciones Públicas, la Comunidad Gay etc. En los Estados Unidos, país propenso canalizarse, algunos autores venían señalado desde finales del sesenta el auge de los grupos de identidad que eran agrupaciones humanas a los cuales una persona podía pertenecer de manera inequívoca y más allá de cualquier duda o incertidumbre. Por razones obvias, la mayoría de estos apelaban a una entidad común, aunque otros grupos de personas que buscaban separación colectiva empleaban el mismo lenguaje nacionalista como cuando los activistas homosexuales hablan de la nación de los Gays.
Como sugiere la aparición de este fenómeno en el más multiétnico de los estados, la política de los grupos de identidad no tiene una conexión intrínseca con la autodeterminación nacional, esto es, con el deseo de crear estados territoriales identificados con un mismo pueblo que constituiría la esencia del nacionalismo. Para los negros dominicanos de la frontera o los españoles blancos dominicanos la política no tenia sentido ni formaba parte de su étnia. Los políticos dominicanos nacidos en Nueva York no son dominicanos sino norteamericanos. La esencia de las políticas étnicas, o similares, en las sociedades urbanas, es decir, en sociedades heterogéneas casi por definición consistía en competir con grupos similares por una participación en los recursos del estado no étnico, empleando para ello la influencia política de la lealtad de grupo.
Los políticos elegidos por unos distritos municipales que serían convenientes arreglados para dar una representación específica a los bloques de votantes de los bateyes querían obtener más de la ciudad de Nueva York, no menos.
Lo que las políticas de identidad tenían en común con el nacionalismo étnico de fin de siglo era la insistencia en que la identidad propia del grupo consistía en alguna característica personal, existencial, supuestamente primordial e inmutable y por tanto permanente que se compartían con otros miembros del grupo y con nadie más. La exclusividad era lo esencial, puesto que las diferencias que separaban a una comunidad de otra se estaban atenuando. Los católicos dominicanos jóvenes y ricos se pusieron a buscar sus raíces cuando los elementos que hasta entonces les hubieran podido caracterizar indeleblemente como católicos, habían dejado de ser distintivos eficaces del judaísmo, comenzando por la segregación y discriminación de los años anteriores a la era de Trujillo. Aunque el nacionalismo haitiano insistía en la separación porque afirmaba ser una sociedad distinta, la verdad es que surgió como una fuerza significativa precisamente cuando Puerto Príncipe deja de ser una sociedad distinta, como lo había sido con toda evidencia hasta luego de 1830. La misma fluidez de la entidad en las sociedades urbanas hizo su elección como el único criterio de grupo algo arbitrario y artificial. Hoy dominicanos blancos estarían dispuestos a casarse con alguien pertenezca a su grupo, algo casi impensable en décadas pasadas. Hubo que construir cada vez más la propia identidad sobre la base de insistir en la no identidad de los demás. De otra forma ¿Cómo podrían los dominicanos residentes en Nueva York, con indumentarias, peinados, gustos musicales propios de la cultura joven cosmopolita, establecer dominicanidad esencial, sino apelando a los puertorriqueños y cubanos locales? ¿Cómo, si es eliminando a quienes no pertenecen al grupo puede establecerse el carácter esencialmente haitiano o dominicano una región en la que, durante la mayor parte de su historia, han convivido como vecinos una variedad de étnias y religiones? La tragedia política de identidad excluyente, tanto si trataba de establecer un estado independiente como si no, era que posiblemente no podía funcionar. Solo podría mantenerlo. Los dominicanos de España, insistían quizás cada vez más en su hispanidad y hablaban entre ellos en castellano acentuado, disculpándose por su falta de fluidez en la que se suponía ser su lengua nativa, trabajaban en una economía española en la cual su nacionalidad española tenía poca importancia, excepto como llave de acceso a un modesto segmento de mercado. La pretensión de que existiese una verdad Negra, Hindú, Rusa o femenina inaprensible y por tanto esencialmente incomunicable fuera del grupo, subsistir fuera de las instituciones cuya única función era la de reforzar tales puntos de vista. Los fundamentalistas de izquierda y de que estudiaban Filosofía no estudiaban algo diferente o exclusivo, era, pues su propia interpretación desde un punto de vista cultural lo que aprenderían para tratar de desenvolverse en la aldea global de los científicos y técnicos que hacían funcionar la sociedad, y necesitaban comunicaciones en un único lenguaje global, análogo al Latín Medieval, que resultó basarse en el inglés. Incluso un mundo dividido en técnicos teóricamente homogéneos mediante genocidios (1937), expulsiones masivas y limpiezas étnicas volvería a diversificarse en personas trabajadores, turistas, hombres de negocios, técnicos y de estilos y como consecuencia de la acción de los tentáculos de la economía global. Esto es lo que después de todo, sucedió en los países de la Europa Central, limpiados étnicamente, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Esto es lo que inevitablemente volvería a suceder en un mundo cada vez más urbanizado.
Otros se veían a si mismos como revolucionarios en la tradición y se unirían a las pequeñas organizaciones de cuadros de vanguardia, disciplinadas y preferiblemente clandestinas, que seguían las directrices semitistas, ya que fuese para influenciarse en organizaciones de mesas o con fines terroristas. En eso, la capital de Santo Domingo se lleno de organizaciones ilegales que esperaban contrarrestar la derrota de las masas mediante la violencia de pequeños grupos, en un ambiente creado a propósito para los historiadores de los vencedores, para quienes los años sesenta fueron una edad de oro, era pues factible evitar narrar los acontecimientos. Los que prefirieron escribir fue algo así como una historia de terror y sombría de tortura. En la época moderna contemporánea 1961-2000, fue el período mas negro registrado en accidentes, bandas, desaparecidos y todo el mundo sabía que cientos de civiles de paramilitares, que por supuesto, formaban parte del ejercito y de la policía, o de los servicios armados y policiados de inteligencia y seguridad se independizaron virtualmente del gobierno y de cualquier control democrático. Nuestras Guerras Sucias se podían observar incluso en las tradiciones de legalidad y de procedimientos constitucionales, que en los primeros años de gobierno de Dr. Joaquín Balaguer 1966-1970 se convirtieron graves abusos, que aparecieron en la comunidad internacional de 1975. Fue aquí donde el rostro de la indecencia se hizo común. Aunque no se pretendió poner atención a ello, los dominicanos fueron afectados por esta siniestra moda.
Las épocas de temor no habían quedado atrás y diminutos grupúsculos de disidentes públicos que sabían que, en sus circunstancias, la pluma era más poderosa que la espada, o mejor dicho, que la máquina de escribir era más poderosa que la bomba. (Gregorio García Castro).
La revuelta estudiantil de fines de los setenta fue el único aliento de la revolución social en Dominicana. Fue revolución tanto en el viejo sentido utópico de búsqueda de un cambio permanente de valores, de edad nueva y perfecta, como en el sentido operativo de procurar alcanzando mediante la acción en las calles y en las barricadas, con bombas y emboscadas en las montañas. Fue global, no solo porque la ideología de la tradición revolucionaria era universal e internacionalista, indujo un movimiento tan exclusivamente nacionalista como separatistas trinitarios dirigidos por un delincuente llamado Rubirosa Fermín, un producto típico de los años setenta. Era pues la primera generación de dominicanos que daba por supuestas las telecomunicaciones y más tarifas aéreas baratas; los estudiantes de los años no tenían dificultad en reconocer lo que sucedía en Sorbona, Berkeley o en Praga, eran parte del mismo acontecimiento del periodo de la aldea global donde ya todos vivíamos. Y sin embargo, esta no era la revolución que había soñado Francisco Alberto Caamaño ni siquiera hubiera entendido Manolo Tavarez Justo, sino el sueño de algo que ya no existiría.
Muchas veces no era otra cosa que la pretensión de que comportándose como si hubiera efectivamente barricadas, algo haría que surgiese por magia simpática o incluso, al modo en que un conservador inteligente como Rafael Herrera había descrito, no sin cierta razón los del Golpe de Estado de 1963 contra Juan Bosch como una justificación dramática de las circunstancias. Esta última expresión debe, una repugnándole en su sarcófago. Nadie esperaba una revolución social en una Isla llena de pobreza. La mayoría de los revolucionario ya ni siquiera consideraban a la clase obrera industrial la clase enterraba el capitalismo de Marx, salvo por lealtad a la doctrina.
La extrema izquierda dominicana, comprometida con la teoría, entre los estudiantes conservadores de la UASD, carentes de teoría, el viejo proletariado era incluso despreciado como enemigo del radicalismo, bien porque formase una aristocracia de trabajo privilegiada, bien estar formado por patriotas partidarios de la Guerra de Vietnam. El futuro de la evolución estaba en la cada vez más vacías zonas carnes de nuestros campos, pero el mismo hecho de que sus componentes tuviesen que ser sacados de su pasividad por profetas armados de la revuelta venidas de lejos y dirigidas por Bosch, Castro y Guevara, comenzaba a debilitar la vieja creencia de que era históricamente inevitable sin antes, mucho romper sus "cadenas".
Las políticas de identidad y los nacionalismos de fin del siglo XIX no eran, por tanto programas y menos aún programas eficaces, para abordar los problemas del siglo XXI, sino más bien reacciones emocionales a estos problemas (Trujillo, 1937) y así, a medida que el siglo marchaba hacia su término, la ausencia de mecanismos y de instituciones capaces de enfrentarse a estos problemas resulto cada vez más evidente. El Estado-Nación ya no era capaz de resolverlos. Se han ideados diversas fórmulas para este propósito desde la fundación de las Naciones Unidas en 1945, creados con la esperanza, rápidamente desvanecida, de que los Estados Unidos y la Unión Soviética seguían poniéndose de acuerdo para tomar decisiones globales. Lo mejor que puede decirse de esta organización es que, a diferencia de su antecesora, la sociedad de naciones, ha seguido existiendo a lo largo de la segunda mitad del siglo, y que se ha convertido en un club la pertenencia al cual como miembro demuestra que un Estado ha sido aceptado internacional-mente como soberano. (Haití).
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